María Luisa, la hija del capitán Sánchez, y la fuga de la galera que le atribuyeron después de muerta

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Ayudó a su padre a subir el cuerpo de Rodrigo García Jalón a una artesa, pasó casi doce años en la galera de Alcalá y, enterrada ya, la prensa de 1926 la señaló como la presa que empujó a Cecilia Aznar a fugarse.

La tarde del jueves 24 de abril de 1913 el capitán Manuel Sánchez López mandó a sus hijos al campo con las cabras. Las cabras eran suyas, y para que comieran había que sacarlas varios kilómetros, lejos de la casa. La casa era un sitio improbable para un rebaño. Un pabellón de la Escuela Superior de Guerra, en la plaza del Conde de Miranda, a un paso de la plaza Mayor, en ese Madrid de los Austrias de calles torcidas, conventos de clausura y balcones que casi se tocan de una acera a otra. En la misma plaza rezaban tras sus muros las jerónimas del Corpus Christi, las Carboneras. Arriba, en las aulas, los oficiales alumnos se preparaban para el Estado Mayor. Abajo, en la vivienda del capitán de la escala de reserva, se preparaba otra cosa.

En el pabellón quedaron el capitán, su hija María Luisa, una muchacha rubia de unos veintiún años, y su hermana Manolita, a la que le tocaba bajar a la plaza a buscar a un caballero y decirle por qué puerta tenía que entrar.

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El caballero se llamaba Rodrigo García Jalón. Tenía dinero, hijos, ama de llaves y costumbre de jugar. Había conocido a María Luisa y le había propuesto hacerla su amante a cambio de proteger a sus hermanos y a su padre «en los negocios de juego». Aquella tarde, antes de ir a la cita, pasó por la caja del Círculo de Bellas Artes y cambió 5.000 pesetas por una ficha, la número 6, porque iba, le dijo al cajero, a un sitio donde no le convenía llevar dinero encima.

Tenía razón. Subió al pabellón, María Luisa lo recibió en la sala y le ofreció asiento de espaldas a la puerta.

Lo que pasó en los minutos siguientes tardó casi un mes en salir a la luz. Y salió por una alcantarilla.

La ficha número seis

El capitán apareció por esa puerta con un martillo. El primer golpe, en la sien, dejó a Jalón sin sentido. El segundo lo mató. Meses después un tribunal dejaría escrito que todo ocurrió «sin que el visitante previera la agresión», no solo por cómo estaba sentado, sino por la actitud que la joven mantenía con él. Luego Sánchez lo cogió por debajo de los brazos y lo arrastró por la sala y por el pasillo hasta una artesa. Solo no pudo subirlo. Se lo pidió a su hija y ella le ayudó. En la artesa el capitán le cortó la cabeza, las manos y los dedos de los pies.

María Luisa no dio ningún golpe. Puso la silla, abrió la casa y ayudó a levantar un cuerpo. Con eso, el derecho de 1913 iba a tener bastante.

El plan, según quedó probado, era otro y más viejo. El 20 de abril María Luisa se había presentado en casa de Jalón para preguntarle al ama de llaves, con mucha cortesía, cuánto tenía el señor, mientras su padre la esperaba en la esquina. Padre e hija acordaron después que Jalón subiría al pabellón, que el capitán se presentaría de improviso y que, con amenazas de escándalo y hasta de Juzgado, le haría firmar un papel por el que se obligara a pagar. El martillo no figuraba en lo que ella contó. Figuró en lo que pasó.

Al día siguiente, el 25 de abril, María Luisa se acercó a la caja del Círculo con la ficha número 6. Le contó al botones, Antonio García, que se la había dado su amante y que necesitaba el dinero para un viaje urgente. No se lo pagaron. El capitán aguardaba en las inmediaciones y el botones lo vio. Cuando Alfredo García Jalón empezó a preguntar por qué su padre no volvía a casa, aquel muchacho de uniforme del Círculo tenía ya la mitad de la historia.

Madrid pasó mayo leyendo cada mañana la desaparición de Jalón. Hacia el 20 de mayo el jefe de alcantarillas bajó por el pozo del arco de la calle de la Pasa y encontró restos humanos en el tramo donde desaguaba el retrete del pabellón. Hubo más tras un doble tabique de la vivienda. El reloj de oro, la cadena y los dijes de Jalón, tasados en 1.934,35 pesetas, aparecieron en una casa de compraventa de la calle del Barquillo. Los había empeñado un hombre con una gorra de Ingenieros que el capitán había descolgado de la percha de la Escuela mientras los oficiales estaban en clase.

María Luisa empezó hablando de unos enmascarados. En septiembre se lo quitó de encima ante el juez. A Jalón lo había matado su padre, dijo, y lo de los enmascarados lo había inventado por lástima y porque él le había mandado negarlo todo. El capitán lo negó todo hasta el final.

María Luisa Sánchez pasó casi doce años en la galera de Alcalá, donde Cecilia Aznar dirigía los talleres de costura cuando se fugó en agosto de 1916. (Imagen: The Digital Law)

Cómplice o autora

La Escuela de Guerra era una dependencia militar y eso llevó la causa a la jurisdicción militar. Un consejo de guerra juzgó al capitán y a una hija que no había llevado uniforme en su vida. Sus compañeros de la escala de reserva lo habían expulsado ya por tribunal de honor. El 18 de septiembre de 1913 el consejo de guerra de oficiales generales lo condenó a muerte. A ella la tuvo por cómplice y le impuso veinte años de reclusión temporal.

La autoridad judicial y su auditor no se conformaron. Para ellos María Luisa era coautora, y la causa subió al Consejo Supremo de Guerra y Marina, que abrió la vista el 20 de octubre. El fiscal, Daroca, construyó la acusación sobre el artículo 516 del Código Penal de 1870, el que castigaba con cadena perpetua a muerte el robo del que, con motivo u ocasión de él, resultara homicidio. No hacía falta, sostuvo, que todos hubieran querido la muerte ni que hubieran convenido en ella. Si la muerte salía del robo, se imputaba a todos los autores del robo. El defensor del capitán, Serrano Batanero, intentó otra puerta y presentó a su cliente como un psicópata sexual, celoso y delirante. Los médicos le habían encontrado cuerdo.

Sobre María Luisa el fiscal hizo un razonamiento más incómodo. No podía hablarse de obediencia debida completa, porque para el crimen no hay obediencia debida. Pero la acusada era menor de edad. El Código Civil de 1889 no daba la mayoría hasta los veintitrés años y ella rondaba los veintiuno, sometida a la patria potestad de un padre que, en palabras del propio fiscal, la ejercía con dureza y la había empleado para pervertirla. Por esos hechos anteriores la jurisdicción ordinaria le abrió al capitán una causa aparte.

La sentencia del Supremo, firmada la noche del 23 de octubre, revocó la del consejo de guerra. El capitán, autor de robo con homicidio con premeditación y alevosía, y con la agravante del artículo 175 del Código de Justicia Militar por haberlo cometido en edificio militar, fue condenado a muerte por fusilamiento. A María Luisa la declaró coautora. Le apreció la premeditación y se la compensó con una atenuante que el Código de 1870 dejaba abierta por analogía, la de haber obrado «impulsada por estímulos de conmiseración hacia sus hermanos menores, cuya suerte pretendía mejorar». Agravante y atenuante se anularon, y sin circunstancias la ley mandaba la menor de las dos penas indivisibles. Cadena perpetua, que «en atención a su sexo» se convirtió en reclusión perpetua.

Es la misma aritmética que diez años antes había mandado al garrote a Cecilia Aznar, la criada de la calle de Fuencarral, a quien una sola agravante sin compensar le subió la pena al grado máximo. El tribunal admitió que María Luisa lo había hecho por sus hermanos y, con la misma pluma, la encerró para toda la vida.

Para entonces gobernaba Dato, y fue su ministro de la Gobernación, que también se apellidaba Sánchez, José Sánchez Guerra, quien anunció a los periodistas que el indulto estaba denegado. Al notificarle la sentencia, el capitán firmó y añadió junto a su nombre la palabra «inocente». El 3 de noviembre de 1913 lo fusilaron en el campamento de Carabanchel. Antes había pedido que le quitaran los grilletes porque, decía, era un caballero.

Hacia el 20 de mayo de 1913 la búsqueda de Rodrigo García Jalón bajó a las alcantarillas que recogían las aguas del pabellón de la Escuela Superior de Guerra. (Imagen: The Digital Law)

Cartas escritas con limón

La galera de Alcalá de Henares, la cárcel central de mujeres, era un caserón gobernado por las hermanas de la Caridad, con talleres de costura, un patio junto a la capilla, un lavadero, tapias que daban al campo y, al otro lado, el pabellón de hombres donde estaba la guardia militar. María Luisa entró allí y «comenzó su vida de reclusión con manifiesta rebeldía».

En mayo de 1914 el juez de Alcalá le tomó declaración por un plan de fuga. Por Madrid corrió que se carteaba con un preso del penal de Granada, un muchacho de buena familia y mala cabeza, que le escribía con zumo de limón para que el papel pareciera en blanco. Ella acercaba las cartas al calor y las letras aparecían. Él se fugaría primero, llevaría un automóvil hasta las tapias la noche del 4 de mayo, ella saltaría y después se casarían. No saltó nadie.

En diciembre de 1915 la noticia era la contraria. María Luisa había pedido confesión y en la galera la tenían por tranquila y sumisa, un modelo.

Allí dentro llevaba desde 1903 Cecilia Aznar, encargada de los talleres de costura y bordado, con un hijo criado entre bastidores. En la madrugada del 22 de agosto de 1916 se fugó con Antonia Hernández, presa por adulterio. A las tres de la tarde la Guardia Civil las tenía en las afueras de Loeches, con los pies destrozados y sin haber comido más que unas uvas y unas peras cogidas por el camino. Cecilia explicó a quien quiso oírla que se había escapado porque quería «divertirse mucho, mucho», bailar y «echarse un novio», que a eso tenía derecho después de tanto tiempo encerrada.

La fuga se venía preparando desde el invierno con otras reclusas, y una de ellas acabó en celda de castigo. Ante el juez, las dos fugadas se echaron la una a la otra la idea, y no hubo forma de aclarar de quién había salido. Todos los detenidos quedaron en libertad. En las crónicas de aquel agosto, que siguieron la fuga casi hora por hora, el nombre de María Luisa no asoma.

La culpa de una muerta

El 31 de enero de 1922 María Luisa encontró una puerta de la galera sin portero y salió calle arriba a toda prisa. La alcanzaron al final de la calle, a un centenar de metros. Dijo que solo quería «dar un paseo». El director general de Prisiones descartó que fuera una fuga premeditada y explicó que la reclusa tenía atrofiadas sus facultades mentales. Paseaba sola por el patio hablando en voz alta de celos y de amores, hacía planes de boda para cuando saliera y dos años antes le habían interceptado una correspondencia amorosa con un asesino.

Murió en la galera en julio de 1925. Tendría poco más de treinta años. Quienes la vieron al final la describieron joven y envejecida a la vez, con el pelo blanco, la cara arrugada y la razón perdida. Hacía tiempo que esperaba su traslado a un manicomio, detenido en algún trámite.

El 20 de octubre de 1926 Cecilia Aznar salió en libertad y tomó el camino de Ceuta, donde vivía su hijo. Al día siguiente un diario de Segovia contó en su primera página la historia completa con un añadido. Cecilia, decía, pudo haber salido unos años antes, pero llegó a la galera María Luisa Sánchez, «que tenía la obsesión de la fuga», y comenzó un día y otro a soliviantarla hasta que se escapó. Otros periódicos de aquella semana fueron más lejos y metieron a María Luisa en la propia intentona. La misma página que la señalaba fechaba la fuga el 25 de agosto, cuando fue el 22, y la condena a muerte de Cecilia en 1905, cuando fue en 1903.

La versión era cómoda. Hacía de Cecilia una buena presa descarriada y de María Luisa la mala de la galera, que es el papel que el Supremo ya le había dado una vez. Y tenía otra ventaja. La única persona que podía desmentirla llevaba quince meses enterrada. Las cartas de limón de 1914 y el paseo de 1922 le dan algún fundamento a lo de la obsesión. Pero entre la obsesión y la instigación hay la misma distancia que entre levantar un cuerpo y matar a un hombre, y esta vez no hubo tribunal que la midiera.

Lo que queda son las diligencias que el juzgado de Alcalá instruyó en agosto de 1916, con las declaraciones de dos fugadas que se acusaban entre sí. Si ese legajo sobrevive en algún archivo, es el único papel que puede decir si la hija del capitán Sánchez tuvo algo que ver. Mientras no aparezca, la última acusación contra María Luisa no tiene folio, ni fiscal, ni defensor. Fue la única condena que no llegaron a leerle.

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Eugenio Roca Zambrano
Eugenio Roca Zambrano
Eugenio Roca Zambrano es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y abogado procesalista, con más de una década de ejercicio ante los tribunales; hoy forma parte de la asesoría jurídica de una multinacional. Investigador y divulgador de la historia del derecho, firma en The Digital Law El Túnel del Tiempo, la sección que reconstruye crímenes, procesos y leyes del pasado a partir de la prensa de la época y la Gaceta de Madrid, y los conecta con los debates jurídicos de hoy.
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