Dos penas de muerte en Algarrobo por el crimen que dejó viva a una niña de dos años

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Hace 150 años un juez de Vélez-Málaga condenó a muerte a dos vecinos que mataron a un matrimonio de ancianos para robarles, y una nieta de dos años y medio pasó la noche entera junto al cadáver de su abuela

En la noche del 21 de febrero de 1876, en un ventorrillo de la playa de Pago de Lagos, en la costa de Vélez-Málaga, un matrimonio de ancianos abrió la puerta a dos hombres de su confianza. En la cama de la abuela dormía una niña de dos años y medio. Faltaban muchas horas para que amaneciera.

La costa oriental de Málaga todavía era un confín. Entre Vélez-Málaga y Algarrobo la tierra bajaba al mar a golpes de ladera, con los bancales de viña escalonados hasta casi tocar la arena, las barcas varadas bajo las cañas y un único tráfico por los caminos de herradura, el de los arrieros que llevaban las pasas hacia el puerto. No había paseos marítimos ni chiringuitos ni nadie que bajase a bañarse. La playa servía para pescar, para varar las barcas y para tender las redes, y en la orilla de Pago de Lagos se alzaba un ventorrillo, esa casa de dos oficios, mitad vivienda y mitad parada de camino, donde el que pasaba con hambre o con sed encontraba un plato caliente, un vaso de vino de la tierra y un techo para esperar el día. Las noches de invierno eran largas y húmedas, olían a sal y a leña, y el rumor del mar tapaba cualquier otro ruido.

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La cocina del ventorrillo, donde Juan Pastor preparaba la cena para los vecinos que habían llamado a su puerta. (Imagen: The Digital Law)

Era una construcción baja y encalada, de muros gruesos para aguantar el temporal, con la cocina como corazón de la casa. Allí ardía el fogón de leña, colgaba el candil de aceite que apenas alumbraba lo que tenía debajo y se arrimaban en la pared los barriles de vino, el aceite y los sacos de pasa. Las alcobas quedaban al fondo, lejos de la puerta, y cuando se echaba el cerrojo la casa entera se volvía una concha cerrada sobre sí misma. Algarrobo, el pueblo, trepaba por la ladera con sus casas blancas y sus calles estrechas, y Vélez-Málaga, la cabeza del partido, donde estaba el juzgado, quedaba a una buena caminata de arrieros.

España, mientras tanto, vivía de prestado. Alfonso XII llevaba poco más de un año en el trono y Cánovas dibujaba a toda prisa el sistema que iba a durar casi medio siglo. En el norte la última guerra carlista agonizaba, con Estella recién caída y don Carlos a punto de cruzar la frontera, y en Cuba seguía abierta la herida de la guerra de los diez años, de modo que los mozos del sorteo salían hacia Ultramar. Nada de eso llegaba hasta Pago de Lagos. Allí la historia grande se reducía a un hijo con uniforme, y el calendario lo marcaban la vendimia, la pasa y las fiestas del Carnaval, que estaban a la vuelta de la esquina.

Los Pastor y su ventorrillo

Juan Pastor y María Martín tenían la edad en que un matrimonio ya solo aspira a que todo siga igual. Eran ancianos y eran honrados, de los que no deben nada a nadie, y vivían del ventorrillo y de lo que una vida de trabajo había dejado en el arca. Él guisaba y despachaba, ella llevaba la casa, y a los dos los tenían por gente de fiar quienes pasaban por allí.

Poco antes habían vendido una viña. En aquella Axarquía de bancales y secaderos una viña era el patrimonio entero de una familia, y venderla significaba cambiar tierra, que no se mueve, por dinero, que se mueve y se comenta. La cantidad era pequeña, pero en un pueblo no hace falta que un secreto sea grande para que circule. Entre el precio de la viña y las economías de toda una vida, el ventorrillo guardaba lo único que podía interesar a un ladrón. Que lo guardasen en una casa abierta al camino, al borde de una playa, hablaba de la confianza de quienes nunca habían tenido motivos para desconfiar.

Guardaba también otra cosa. Su hijo, alférez de caballería, había dejado en la casa a su hija, una niña de dos años y medio, para que la criaran los abuelos mientras él cumplía con el uniforme. La pequeña dormía con la abuela, porque así estaba más cerca y mejor atendida, en la cama de la mujer que la había tomado a su cargo.

La noche del 21 de febrero

El lunes 21 de febrero, ya cerrada la noche, alguien llamó a la puerta. Todo apunta a que quienes llamaban eran de la confianza de la casa. Se llamaban Francisco Roca Ramos y Antonio González Vera, eran vecinos de Algarrobo y conocían a los Pastor lo bastante como para que el viejo no dudase en abrirles. No eran bandoleros de los que alimentaban la leyenda de los caminos andaluces ni forasteros llegados de ninguna parte. Eran dos hombres del pueblo, y no cuesta suponer que sabían, como se sabe todo en un pueblo, lo de la viña.

Juan Pastor hizo lo que haría cualquier buen anfitrión, que fue dejarlos pasar y ponerse a guisarles la cena. Así lo encontraron después, tendido boca abajo en el suelo, en calzoncillos blancos y con el sombrero puesto, rodeado de los preparativos de una comida que nunca llegó a servirse. Le habían dado ocho puñaladas. Juan Pastor recibió a sus asesinos como se recibe a los vecinos, y murió con el sombrero puesto.

A María la sorprendieron en la cama. Recibió veintisiete puñaladas, casi todas mortales. La criatura quedó envuelta entre el cadáver de su abuela y la sangre de su abuela, empapada y sin aire. Los asesinos se fueron, y detrás de ellos la casa se quedó en silencio, con el mar al otro lado de la pared y una niña de dos años y medio que no sabía nada de viñas ni de ahorros ni de puñales.

La mañana del 22

Pasó así lo que quedaba de noche. Una noche de febrero junto al Mediterráneo es larga y fría, y para una criatura de esa edad, a solas con lo que no entiende, no tiene fin. Con el día llegó el rumor de que algo había ocurrido en el ventorrillo, esa clase de noticia que en los pueblos corre antes que las personas, y un guarda de campo, el hombre pagado para vigilar fincas ajenas, entró en la estancia ya de mañana. Encontró a los dos ancianos muertos, la sangre por todas partes y, en medio, viva, a la niña, tinta en sangre y asfixiándose. En cuanto lo reconoció se le agarró aterrada, llorando, con la fuerza de quien lleva horas esperando que alguien abra una puerta. El guarda la sacó de allí en brazos. Fue un hombre sin nombre en esta historia quien cruzó aquella puerta para salvar, y no para quitar.

La mañana del 22 de febrero un guarda de campo entró en el ventorrillo y encontró con vida a la nieta de los Pastor. (Imagen: The Digital Law)

Un juez nuevo y una condena

La justicia llegó después, con su papel sellado y sus declaraciones. Los dos vecinos de Algarrobo fueron tenidos por autores, y el caso cayó en manos de un juez de primera instancia recién llegado a Vélez-Málaga, don Francisco Melero Jimeno, de esos que llegan con celo y con ganas de estrenar el cargo. Tenía delante lo que el Código Penal de 1870 consideraba el delito más grave de todos, un asesinato doble cometido para robar, aprovechando la confianza de las víctimas y con una saña que las heridas contaban por sí solas. Para eso la ley preveía la pena de muerte, que se cumplía a garrote, en público, a la vista del vecindario. El verdugo sentaba al reo en un banquillo, le ajustaba el collar de hierro al cuello y apretaba el tornillo, y la plaza entera contemplaba el espectáculo, porque en 1876 todavía se creía que la justicia, para escarmentar, tenía que verse. Las ejecuciones saldrían de la plaza pública y se encerrarían en las cárceles mucho más tarde, ya con el siglo siguiente a la vuelta de la esquina.

El juez condenó a muerte a Francisco Roca y a Antonio González, una pena por cada anciano. La noticia llegó a Madrid a comienzos de octubre, casi ocho meses después de aquella noche, y la capital andaba con otras cosas. En Oriente se discutía un armisticio, de los mozos sorteados para Cuba solo se admitía el cambio por otro, en la plaza se comentaba una tarde de toros en la que Frascuelo había despachado un Miura con una buena estocada y un fiscal de Reinosa pedía otra cabeza para otro reo. La condena de Algarrobo no era una excepción ni una novedad. Era la hora del día.

Quedaba el camino que la ley reservaba a las penas capitales, y quedaba la Audiencia, que como todos los organismos viejos lleva su calendario propio y no consulta el de nadie. Cualquiera que fuese el final de los dos condenados, hay una cuenta que ninguna sentencia podía saldar. La pena de muerte castigaba con precisión el robo y las dos muertes, y no tenía artículo para lo que quedó roto en una niña de dos años y medio.

La puerta del ventorrillo de Pago de Lagos se abrió dos veces en unas pocas horas. La primera dejó entrar a dos vecinos a los que un viejo quiso dar de cenar. La segunda dejó entrar a un guarda de campo, y una niña de dos años y medio se agarró a él llorando.

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