Cómo una ciudad de la meseta, en un cruce de caminos y una tierra fértil de cereal y ganado, llegó a ser una de las capitales del saber de Europa, y cómo vivieron sus estudiantes siglo a siglo. Comidas, peleas, amoríos, pícaros y aficiones en la universidad más antigua de España
Cambian los estudiantes. No cambia la piedra. Sobre la fachada de las Escuelas Mayores sigue oculta la misma rana que buscaban con el cuello torcido los estudiantes del Renacimiento, y hoy la buscan, con idéntico gesto, chavales de Ohio y de Seúl que han venido a aprender español. Ochocientos años de ojos jóvenes levantados hacia el mismo muro dorado. Pero esa piedra, antes de sostener una leyenda, tuvo que ganarse su sitio, y conviene detenerse en una pregunta: ¿Cómo llegó una ciudad del interior de Castilla, alejada del mar y de las grandes cortes, a convertirse en una de las cuatro capitales del pensamiento de la Europa medieval?
No fue por azar ni por milagro. Fue por un conjunto muy concreto de razones que merece la pena desentrañar antes de entrar en las aulas. De modo que empecemos por ahí, por cómo se hizo Salamanca, para entender después a quienes la llenaron.
Antes de las aulas. Por qué aquí y no en otra parte
La primera razón es la geografía, aunque no la que suele contarse. Salamanca se asienta en la meseta, en el interior de la Península, sobre una elevación suave que domina el río Tormes justo en el punto donde el río se deja cruzar. Ese vado es el origen de todo. Un paso sobre un río caudaloso era, en la Antigüedad y en la Edad Media, uno de los emplazamientos más valiosos que existían, porque quien controlaba el cruce controlaba el comercio, el ganado en tránsito y los ejércitos en marcha. Y este vado en concreto no daba a un camino cualquiera. Por aquí discurría la Vía de la Plata, la gran calzada romana que unía Mérida con Astorga y vertebraba de sur a norte todo el occidente de Hispania. Salamanca nació, por tanto, en un nudo de comunicaciones de primer orden. Alejada del mar, cierto, pero en el centro de una malla de caminos por la que circulaba buena parte de la Península.

No es casual que el lugar estuviera habitado desde hacía casi tres mil años. Antes que nadie se instalaron aquí pueblos de la Edad del Hierro, vetones y vacceos, atraídos por esa posición privilegiada sobre el río. Por su valor estratégico la cercó Aníbal hacia el 220 antes de Cristo, en un episodio que la leyenda adornó con la historia de las mujeres que sacaron de la ciudad, ocultas bajo sus ropas, las armas de sus hombres. Y por ese mismo valor la hicieron suya los romanos, que la elevaron a civitas de cierta entidad y tendieron sobre el Tormes el puente que todavía se mantiene en pie, con sus arcos milenarios. Cuando la universidad llegue, quince siglos más tarde, lo hará sobre una ciudad que ya había sido importante muchas veces. El saber vino a instalarse donde ya existía una encrucijada.
La segunda razón es la riqueza de su tierra, y conviene subrayarlo porque a menudo se supone lo contrario. El campo de Salamanca no era un secano estéril, sino una de las comarcas agrícolas y ganaderas más sólidas de la península. Sus llanuras daban cereal en abundancia, hasta convertirse en uno de los graneros de la meseta, y sus dehesas, las del Campo Charro, criaban un ganado que con el tiempo sería célebre en toda España, del toro bravo al cerdo ibérico. Por sus términos pasaban las cañadas de la Mesta, la gran red de la trashumancia lanera que fue durante siglos el motor económico de la Corona de Castilla, y sus ferias movían mercancías y dinero. Una ciudad rodeada de semejante abundancia podía permitirse alimentar y alojar a millares de estudiantes que nada producían, y sostener a la vez catedrales, conventos y colegios. Sin la despensa de su campo no habría habido universidad posible. El pan y la lana pagaron los libros.
La tercera razón es su condición de ciudad de frontera. Tras la larga inestabilidad de los siglos de la Reconquista, en los que Salamanca cambió de manos y llegó a quedar semidespoblada, la repoblación que Alfonso VI encomendó hacia 1102 a su yerno, el conde borgoñón Raimundo, la refundó como una ciudad viva y en expansión. Y lo hizo con un rasgo decisivo, porque la pobló con gentes de muy distinto origen al mismo tiempo. El viejo fuero enumera a sus habitantes como una pequeña Babel peninsular, serranos, castellanos, mozárabes, francos, portugaleses y gentes de Toro y de Braganza, y en sus barrios y aljamas convivían además judíos y musulmanes. Una ciudad así, plural y creciente, cabeza de un obispado rico y bien dotado, necesitaba con urgencia hombres capaces de administrarla, de redactar sus contratos y de dirimir sus pleitos. Necesitaba, en dos palabras, derecho y letras.
De esa necesidad brotó el germen intelectual. Al amparo de la catedral florecieron unas escuelas catedralicias de las que hay noticia documentada ya hacia 1130, dirigidas por un maestrescuela y frecuentadas por maestros de prestigio, algunos venidos de muy lejos, como los dos ingleses, Ricardo y Randulfo, que enseñaron aquí a finales del siglo XII. En aquellas escuelas, sin que nadie lo supiera todavía, latía ya la universidad. Lejos de vivir aislada, Salamanca aprendía en diálogo constante con los grandes centros del saber europeo, y esa vocación de encrucijada intelectual, heredera de su antigua condición de cruce de caminos, sería su seña de identidad durante siglos.
La cuarta razón, la que convirtió el germen en institución, fue la ambición de un rey. Alfonso IX de León quería para su reino un centro de altos estudios, y la urgencia era también de prestigio, porque el vecino y rival reino de Castilla ya se le había adelantado con el suyo en Palencia. Una corona sin universidad empezaba a verse, en el siglo XIII, como una corona incompleta. Y Salamanca reunía todas las condiciones para acogerla. Tenía las escuelas catedralicias listas para crecer, era una ciudad próspera y bien comunicada, y ocupaba una posición central en el reino. Por eso, hacia 1218, Alfonso IX elevó aquellas escuelas a la categoría de Estudio General con el nombre de scholas Salamanticae. Lo hizo por razón de Estado tanto como por amor a las letras. Pero de aquella decisión política nació algo llamado a durar ochocientos años.
La consolidación llegó con su nieto, Alfonso X el Sabio, que en 1254 otorgó al Estudio su carta magna, con doce cátedras dotadas, salarios fijos para los maestros, alquileres protegidos para los escolares y la que se considera la primera biblioteca pública de Europa. Un año después, en 1255, el papa Alejandro IV reconoció la validez universal de sus grados y situó a Salamanca, de pleno derecho, entre las grandes universidades de la cristiandad, junto a Bolonia, París y Oxford. Desde entonces, ciudad y universidad crecieron juntas y llegaron a necesitarse mutuamente. Los estudiantes llenaban las arcas de comerciantes, patronas y conventos; la universidad daba a la ciudad fama, poder e influencia en toda Europa. De aquel prestigio nació un dicho que aún se repite, lo que la naturaleza no da, Salamanca no presta, y que entonces se pronunciaba con orgullo, como quien enuncia una evidencia. Salamanca había dejado de ser una promesa. Era una de las capitales del saber del mundo conocido.
Y una vez que la ciudad tuvo su universidad, la universidad tuvo sus estudiantes, que llegaron a millares y llenaron estas calles durante ocho siglos de vida, de hambre, de amor y de bronca. Esta es, a partir de aquí, su historia. No la de los que enseñaban, sino la de los que aprendían, o lo intentaban. Siglo a siglo, lo que comían, a quién amaban, cómo se peleaban y de qué se reían.
Siglo XIII. Los clérigos del vado
Así que ya tenemos la ciudad y ya tenemos su universidad. Entremos ahora en las aulas, o mejor dicho salgamos a buscarlas, porque durante casi doscientos años la universidad más antigua de España no tuvo un aula propia. Cuesta imaginarlo. Los maestros pululaban por dependencias de la catedral, por locales alquilados, por casas cedidas, y el estudiante seguía la voz de su profesor de un rincón a otro de la ciudad como quien persigue un rumor. La universidad, en el siglo XIII, no era un lugar. Era un permiso, y bajo aquel permiso empezó a reunirse la primera generación de escolares que dio sentido a todo lo anterior.

¿Y quién venía? Sobre todo clérigos, y sobre todo pobres. Muchachos de catorce o quince años que llegaban de las dos Castillas, de León, de Galicia, de Asturias, del norte de Portugal, casi nunca de más lejos, porque los aragoneses preferían Bolonia y los extranjeros de verdad eran una rareza exótica. Habían aprendido las primeras letras con un cura de su pueblo y subían al vado del Tormes con una carta de recomendación, cuatro maravedíes y la esperanza de que aquel título abriera las puertas de la Iglesia o de la administración del rey. Se agrupaban por procedencia en asociaciones de socorro mutuo que llamaban naciones, cuatro al principio, y que funcionaban como lo que hoy sería una mezcla de embajada, sindicato y peña. Entre paisanos uno se prestaba dinero, se cuidaba en la enfermedad y se defendía en la reyerta.
Lo más sorprendente para un universitario de hoy es quién mandaba. Mandaban ellos. El rector de la Universidad de Salamanca era un estudiante, elegido por los estudiantes, siguiendo el modelo de Bolonia. No un catedrático venerable, sino un escolar, eso sí, con condiciones estrictas que se afinarían con los siglos. Debía ser forastero, para que no barriera para su ciudad; laico o clérigo no casado; llevar al menos un año de estudios; no ser catedrático ni fraile. Durante su mandato no podía graduarse ni opositar a cátedra, para que nadie sospechara que gobernaba en provecho propio. Junto a él, un consejo de consiliarios salidos de las naciones. Sobre todos ellos, eso sí, planeaba la sombra del maestrescuela de la catedral, que ejercía en nombre del papa una jurisdicción propia, con tribunal y cárcel incluidos, sobre todo el gremio. Porque el estudiante medieval no respondía ante la justicia de la ciudad. Respondía ante la de la universidad. Tenía, en la práctica, su propio fuero y su propia policía.
Se estudiaba leyendo. La clase era eso, una lectura. El maestro, encaramado a un púlpito de piedra, leía en voz alta un texto sagrado del saber y lo comentaba, mientras abajo los escolares tomaban apuntes a la carrera sobre las rodillas. No había exámenes de curso. Solo pruebas terribles al final, para arrancar un grado. Y los grados eran una cordillera. El bachiller, que habilitaba para trabajar. La licenciatura, que probaba que uno servía para enseñar. Y el doctorado, pura pompa y gasto. Coronar la carrera de Leyes costaba doce o trece años. La de Teología, quince o más. Empezabas siendo un niño y salías, si salías, siendo un hombre maduro con la espalda cargada y el latín metido en la sangre. Estudiar en Salamanca era una condena de por vida a cambio de un destino.
¿Y qué se estudiaba? La carta de Alfonso X de 1254 dibuja el mapa de las carreras. Estaban las cátedras de Cánones y de Leyes, es decir, los dos derechos, el canónico y el civil romano, que eran el corazón de la casa y su gran negocio, porque de allí salían los juristas que gobernaban el reino. Estaba la Medicina, y en esto Salamanca fue pionera en la península. Estaban la Lógica y la Gramática, la puerta de entrada de todo saber, por donde el niño empezaba deletreando latín. Y había incluso una cátedra de Música y un maestro de órgano, porque el canto formaba parte de la educación de un clérigo. Un escolar entraba por abajo, por la Gramática, y si aguantaba el hambre y tenía con qué pagar, iba trepando por aquella escala interminable hacia el derecho o la teología. El curso se regía por el calendario litúrgico, las lecciones ocupaban la mañana y la tarde con disciplina de monasterio, y no se venía a Salamanca a pasar unos años agradables. Se venía a ordenar la cabeza para el resto de la vida.
Siglo XIV. El hambre y la peste
Aquella primera universidad, joven y prometedora, hubo de superar enseguida su prueba más dura, porque el siglo XIV fue un mal siglo para casi todo el mundo, y Salamanca no se libró. La peste negra, el hambre, las guerras civiles castellanas y el Cisma de Occidente que partió en dos la cristiandad no eran el mejor decorado para dedicarse a la vida contemplativa del estudio. La universidad sobrevivió, pero encogida. Frente a los diez mil matriculados que llegó a tener Bolonia, la Salamanca de finales del XIV apenas rondaba los quinientos o seiscientos escolares. Un pueblo grande de estudiantes, no una ciudad. Y en su inmensa mayoría, gente de Iglesia con muy poco dinero.
Aquellos años fijaron, sin embargo, la osamenta de todo lo que vendría. Las constituciones del papa aragonés Benedicto XIII, el Papa Luna, en 1381 y 1411, y luego las de Martín V en 1422, escribieron por fin las reglas del juego con una minucia que regía hasta la ropa que debía vestir un escolar. Las cuatro naciones se desdoblaron en ocho consiliaturas. Se afinó lo que podía y no podía hacer el rector. Se ordenó la vida entera de una comunidad que, por debajo de la norma, era joven, ociosa la mitad del tiempo y proclive a todos los desórdenes que son propios de la juventud, el ocio y la pobreza juntos.
Porque no todo era rezar y copiar a Aristóteles. La Salamanca medieval alimentó una de sus leyendas más persistentes, la de la Cueva de Salamanca, una gruta bajo el ábside de la vieja iglesia de San Cebrián, extramuros, donde según la fama se enseñaba nigromancia y artes diabólicas a siete estudiantes escogidos, con la macabra condición de que el diablo se quedaba con uno de ellos como pago. La ciudad del saber convivía, en el imaginario popular, con la ciudad de la magia negra. Y esa doble cara, la del claustro luminoso y la del sótano oscuro, acompañaría a Salamanca durante siglos, hasta inspirar entremeses a Cervantes. Un estudiante era, para el vulgo campesino que lo veía pasar con su capa raída, mitad santo, mitad brujo. Alguien que sabía cosas que era mejor no saber.

Se vivía con lo justo, o con menos. El estudiante medieval que no era hijo de noble ni tenía una beca de algún poderoso alternaba el estudio con mil oficios y mendrugos, y aprendía joven que la inteligencia es, sobre todo, una técnica de supervivencia. La mayoría no terminaba la carrera. Se conformaba con unos años de latín y de derecho que ya le colocaban por encima del labriego y del artesano, y con eso volvía a su comarca a ejercer de notario, de escribano, de cura con letras. La universidad no era una fábrica de doctores. Era, sobre todo, una fábrica de gente que sabía leer y escribir en un mundo donde eso era casi un superpoder.
La diversión, cuando la había, era la de todos los escolares de la Europa medieval, la herencia de los goliardos, aquellos clérigos vagabundos que cantaban al vino, al juego y al amor con un latín irreverente y goliardesco. En Salamanca, ciudad de frontera y de paso, el estudiante sin recursos hacía de todo para sobrevivir entre curso y curso, y no siempre cosas honradas. Copiaba textos por unas monedas, servía de criado a un compañero rico, pedía limosna en los caminos, se jugaba a los dados lo poquísimo que tenía. La línea que separaba al estudiante pobre del pícaro fue siempre en Salamanca una línea finísima, casi invisible, y así seguiría siendo durante quinientos años. El saber y la supervivencia se aprendían en la misma calle y al mismo tiempo.
Siglo XV. El despegue y los colegios
De aquella penuria se salió, por fin, a lo grande, y de la forma más literal imaginable. Un día hubo edificios. El siglo XV es el del despegue, el siglo en que la universidad deja de ser un permiso flotante y se convierte en piedra. En 1415 empiezan las obras de las Escuelas Mayores, ese edificio histórico cuya fachada plateresca, con su rana y su calavera, sigue deteniendo turistas. En 1428 arrancan las Escuelas Menores, donde se cursaba el bachillerato previo. Y en 1413 se levanta el Hospital del Estudio, una hospedería para los escolares sin recursos, porque el problema de dónde meter a dormir y qué dar de comer a cientos de muchachos empezaba a ser serio. Por primera vez, un estudiante podía señalar un lugar y decir, ahí estudio yo.
Pero la gran novedad, la que cambiaría la sociología entera de la universidad, fue otra. En 1401, el arzobispo Diego de Anaya fundó el Colegio Viejo de San Bartolomé, el primero de los colegios mayores. Nacieron, en teoría, como una obra de caridad, para dar techo, comida y beca a estudiantes pobres pero brillantes. Y con el tiempo se convirtieron en lo contrario, en fortalezas de una élite. Ser colegial mayor era pertenecer a una casta. Se llevaba una beca cruzada sobre el manto como un blasón, se comía caliente y en compañía escogida, y se salía de allí, casi por derecho de nacimiento académico, hacia los mejores puestos de la Iglesia y del Estado. Frente a ellos, la inmensa mayoría, los manteístas, así llamados por el manto pardo y anónimo con que se cubrían, la tropa que se buscaba la vida en pensiones y pupilajes. Nace en el siglo XV la gran fractura de la vida estudiantil salmantina, la que separaría durante cuatrocientos años a los pocos que tenían de los muchos que no. La beca cruzada al pecho era un pasaporte, y el manto pardo, un anonimato.

Fue también el siglo en que asoma, entre tanto varón tonsurado, alguna mujer. La universidad excluía sistemáticamente a las mujeres de sus aulas, como toda Europa, y ese muro no caería de verdad hasta el siglo XX. Pero hubo grietas. Beatriz Galindo, salmantina nacida hacia 1465, prodigio del latín al que llamaron la Latina, se formó en el ambiente de la universidad y acabó siendo maestra de la propia reina Isabel. Y circula, más leyenda que dato firme, la historia de mujeres que habrían llegado a explicar desde una cátedra a comienzos del siglo siguiente. Conviene la cautela con esos relatos, hermosos y mal documentados. Pero incluso como leyendas dicen algo cierto, que ni siquiera el muro más alto fue nunca del todo continuo.
Junto a los grandes colegios mayores proliferaron los colegios menores y las hospederías, fundaciones más modestas para acoger a estudiantes de tal comarca o de tal condición, de modo que la ciudad se fue llenando de pequeñas repúblicas cerradas, cada una con sus reglas, su capilla y su beca. Pero la mayoría, insistamos, no cabía en ninguna de ellas y vivía de alquiler, de patrona en patrona, aprendiendo a regatear el precio de una cama y a soportar el frío de la meseta con una capa raída. La vida del manteísta era la vida de la calle, de la Rúa, del mercado, de la taberna, del rumor de siete hablas peninsulares mezclándose en la misma plaza. Salamanca, ya en el siglo XV, sonaba como suena hoy, a juventud desarraigada buscándose a un tiempo el pan y la compañía.
Siglo XVI. El siglo de oro del hambre y la espada
Todo lo que el siglo XV había sembrado, los edificios, los colegios, las jerarquías, dio de golpe su cosecha deslumbrante en el siguiente. Este es el siglo. El del esplendor cegador y el de la miseria pintoresca, que en Salamanca fueron la misma cosa. En 1584 se matricularon 6.778 estudiantes, la cifra más alta que llegaría a alcanzar. Para hacerse una idea de lo que eso significaba conviene un dato brutal. Madrid, por aquellos años, no llegaba a los doce mil habitantes. Salamanca era una ciudad tomada por la juventud, un hervidero de casi siete mil muchachos que movían a su alrededor un universo de criados, taberneros, patronas, prestamistas, libreros, rameras y curas de misa y olla.
En sus aulas resonaban las voces de Vitoria, de Domingo de Soto, del Brocense, del ciego Francisco de Salinas al órgano. Por sus tabernas rodaban los otros, los que hicieron de la picaresca un género literario.
¿Y qué venían a estudiar todos aquellos muchachos? La joya de la corona seguían siendo los dos derechos, Cánones y Leyes, la carrera de los que aspiraban a un buen puesto en la Iglesia o en la administración, larga y cara, de doce o trece años hasta la cima. Por encima en prestigio, la Teología, la más ardua de todas, quince años de estudio para muy pocos elegidos, la que dio a Salamanca su gloria intelectual con la escuela de Vitoria.
Luego la Medicina, y las Artes, que eran el tronco común por donde todos pasaban, la Gramática, la Lógica, la Filosofía. Y aún había cátedras de Música, de Astrología y Matemáticas, y una casa aparte, el Colegio Trilingüe, fundado en 1554 para el latín, el griego y el hebreo, semillero de humanistas donde años después se criaría Torres Villarroel. El aula era sobria hasta el ascetismo. Una cátedra o púlpito de piedra desde el que el maestro leía y disputaba, y a sus pies unos bancos donde los escolares, apretujados, tomaban apuntes con el frío metido en los dedos.
El curso corría de San Lucas, en octubre, a San Juan, en junio, no había examen de curso, solo la asistencia, y al final del largo camino aguardaba la prueba temible del grado.

¿Y de dónde salían? De todas partes y de ninguna en particular. Seguían llegando en su mayoría de las dos Castillas, de León, de Extremadura, de Galicia y del norte de Portugal, pero el prestigio del siglo atraía ya a vascos, andaluces, aragoneses e incluso a algún exótico europeo. Se venía a lomos de mula, en las recuas de los arrieros que hacían el camino de Salamanca cargados de estudiantes, baúles y morriña, un viaje de días por la meseta que era ya la primera novatada del curso. Y se llegaba a una ciudad rígidamente jerarquizada. Arriba, los colegiales mayores con su beca cruzada al pecho y su criado. En medio, los hijos de familias acomodadas, los que se matriculaban como generosos y vivían con holgura. Abajo, la inmensa marea de los manteístas, y por debajo aún los sopistas. Muchos estudiantes pobres se costeaban el curso sirviendo a uno rico, de modo que amo y criado eran a veces las dos caras del mismo pupitre. La universidad reproducía dentro de sus muros, con una exactitud de espejo, la España entera de estamentos que bullía fuera.
Empecemos por lo más básico, que es dónde dormían y qué comían, porque de eso sabemos mucho gracias a los libros de Visitas de Pupilajes que se conservan en el Archivo de la universidad, esa fuente inagotable que estudió el historiador Rodríguez-San Pedro Bezares. El que no era colegial ni tenía dinero para casa propia vivía en un pupilaje. Un bachiller, el pupilero, alojaba en su casa a un puñado de estudiantes, en su mayoría juristas de entre quince y veintitrés años, y se hacía responsable de su comida, su estudio, su religión y sus costumbres. En teoría era una tutela. En la práctica, a menudo, era una tacañería sistemática. Los pupilos se quejaban por escrito de la escasez y la mala calidad de la comida, del agua poca y turbia, de la ropa mal lavada, de la roñosería del pupilero con las velas, que dejaba a los muchachos a oscuras para ahorrar sebo. A la hora de comer había que correr para sentarse cerca del pupilero, que era el primero en ser servido, porque a los que quedaban lejos solo les tocaba la piltrafa y el hueso.
La comida, cuando la había, era humilde. Fruta, y en los días buenos algún asado, un solomillo de puerco, torreznos, longaniza, o un triste platillo de caldo de nabo. La literatura del siglo lo caricaturizó con crueldad. El Guzmán de Alfarache se queja de la ración limitada y sutil, don Quijote hablará de la estrechez de los pupilajes. Y por debajo de los pupilos había un escalón más, el de los verdaderamente miserables, los sopistas. Estudiantes tan pobres que subsistían de la sopa boba que repartían los conventos por caridad, y que llevaban una cuchara prendida en el pecho como emblema de su casta hambrienta. A ellos y a los capigorrones, los que vivían de gorra, se les toleraba que cantaran por las calles y las tabernas a cambio de unas monedas o un plato. De aquellos estudiantes cantores y muertos de hambre nacería, siglos después, la tuna. La cuchara al pecho fue el primer instrumento de la música universitaria española.
Y estaban las mujeres, que es el capítulo más salmantino de todos. Con casi siete mil varones jóvenes en la ciudad, la demanda de prostitución era enorme, y Salamanca tuvo una de las mancebías más florecientes de la España del Siglo de Oro, la Casa de la Mancebía, regulada nada menos que con la venia de un obispo y bajo la supervisión de un clérigo, el Padre de las Mancebas, al que el habla estudiantil rebautizó sin piedad como el Padre Putas. De ahí nace la fiesta más querida de Salamanca, el Lunes de Aguas. Cuenta la leyenda que Felipe II, escandalizado por el libertinaje de la ciudad que visitó de joven, ordenó que durante la Cuaresma las mujeres públicas cruzaran el río y se exiliaran en la otra orilla, de donde volvían el lunes siguiente al de Pascua, recogidas en barca por el Padre Putas y recibidas por los estudiantes con una fiesta de vino, comida y desenfreno a la ribera del Tormes. Conviene decir, por rigor, que la etnógrafa Rosa Lorenzo ha desmontado buena parte de esa historia y la vincula más bien a unas ordenanzas sobre la prostitución que Felipe II extendió a todo el reino en 1570. Pero la leyenda, como la de la rana, es más fuerte que el documento, y hoy toda la ciudad sale al campo ese lunes a comerse el hornazo, la empanada de lomo, chorizo y huevo con que se rompía el ayuno. La fiesta sobrevivió a las prostitutas. Salamanca convirtió el destierro de sus rameras en su día más alegre.

El amor, en aquella ciudad de casi siete mil varones jóvenes y pocas salidas honestas para él, era un asunto complicado y a menudo peligroso, y llenó la mejor literatura del siglo. La Celestina, que había escrito de estudiante en Salamanca Fernando de Rojas, retrataba ese mundo turbio de criados enamorados, viejas alcahuetas y doncellas seducidas que era el reverso nocturno del Estudio, y no por azar se sitúa su famoso huerto en esta ciudad. Cervantes, que rondó estas calles, ambientó aquí a su Licenciado Vidriera, el estudiante que enloquece y se cree hecho de cristal, y bebió de las historias de maridos burlados y mozas perdidas que le contaban en los mesones. Porque el estudiante salmantino era, además de todo lo dicho, un aficionado voraz, al teatro y a los corrales de comedias, a la poesía de certamen, a la murmuración ingeniosa. Se afilaba la lengua tanto como la espada. En Salamanca se aprendía derecho, sí, pero se aprendían también, y quizá mejor, el chiste, la copla, el requiebro y el arte dificilísimo de sobrevivir siendo pobre con estilo.
¿Y cómo se divertían cuando no había fiesta grande? Jugando, sobre todo, y a menudo a lo prohibido. A la pelota y a los bolos a la luz del día, a los dados y a los naipes en la clandestinidad de los garitos, que la ley perseguía sin éxito. Bebían. Rondaban bajo los balcones. Bajaban a la Cueva de Salamanca a jugar a la nigromancia. Y peleaban, vaya si peleaban. El dicho de la época era que los estudiantes salmantinos eran tan diestros en esgrimir la espada como en estudiar a Aristóteles, y no exageraba. Las actas de la Audiencia Escolástica, el tribunal propio de la universidad, están llenas de cuchilladas, pendencias entre bandos y naciones rivales, heridos y a veces muertos. Un forastero recién llegado, además, no se libraba de las novatadas, que podían ser humillantes. En el Buscón, Quevedo cuenta cómo al pobre Pablos, nada más pisar la universidad, sus compañeros lo reciben escupiéndole y gargajeándole encima. Ser novato era pagar un peaje de saliva y de palos.
Los mesones y bodegones donde comían y bebían tenían fama justa de tramposos. De aquellas cocinas turbias, en las que no siempre era liebre lo que se servía por liebre, viene el propio dicho de dar gato por liebre con que el español sigue nombrando el engaño. El estudiante aprendía pronto a desconfiar del ventero, del prestamista que le adelantaba unos reales al doscientos por ciento sobre la capa empeñada, del compañero fullero que cargaba los dados en el garito. La picaresca no era solo un género literario que se escribía en Salamanca. Era el aire que se respiraba en ella. Sobrevivir un curso entero sin ser engañado, apuñalado ni desplumado era, en sí mismo, una forma de sobresaliente.
El gran momento, la coronación de todo, era el grado de doctor, y era un espectáculo. El aspirante que aprobaba desataba el júbilo de sus compañeros, que lo remataban con una corrida de toros costeada por el propio doctorando y con la pintada de un vítor, la palabra latina de victoria y su nombre, en cualquier hueco de pared de la ciudad, a veces de tamaño descomunal, como los grafitis de hoy. El pigmento tenía su código. Sangre de toro mezclada con aceite para los doctores de ciencias, tintes vegetales para los de letras, pero siempre de un rojo encarnado que aún puede verse trepando por los viejos muros de Salamanca. Al tribunal se le regalaban unos pastelillos especiales. Y si el examinando fracasaba, salía en silencio, o entre el abucheo de sus condiscípulos, por una puerta trasera, la Puerta de los Carros, la puerta de la vergüenza. Tenemos incluso el diario de uno de aquellos muchachos, el de Gaspar Ramos Ortiz, escrito entre 1568 y 1569, con sus cuentas, sus aspiraciones y sus fracasos. La voz de un estudiante cualquiera, conservada por milagro, que nos habla desde el corazón del siglo de oro.
Donde nació el derecho internacional moderno
Con ser mucho todo lo anterior, la mayor hazaña de aquel siglo de oro no fue un edificio, ni una fiesta, ni una cuchillada célebre, sino una idea. En las aulas de Teología de esta Salamanca abarrotada, un puñado de frailes se hizo por primera vez, y en serio, la pregunta que la conquista de América había dejado flotando sobre el mundo. Con qué derecho. Con qué derecho ocupaba una corona las tierras de unos pueblos que no había visto nunca y sometía a unos hombres cuya única falta era no haber oído hablar del Evangelio. De esa pregunta incómoda, formulada desde dentro del imperio y cobrando de un rey que financiaba la conquista, nació lo que hoy llamamos derecho internacional.
El hombre que la planteó fue Francisco de Vitoria, que en 1526, hace ahora justo quinientos años, ganó la cátedra más alta de la casa, la de Prima de Teología. No escribió libros. Dejó su doctrina en el aire de unas lecciones solemnes, las relecciones, que sus alumnos copiaron a la carrera, de modo que su obra nos ha llegado, como la de Sócrates, de segunda mano. En dos de ellas, la De Indis y la De iure belli de 1539, desmontó uno a uno los pretextos de la conquista y afirmó lo esencial. Los indios eran verdaderos dueños de sus tierras y de sus bienes, hombres libres y racionales, y el dominio se funda en la razón, no en la fe. Ni el propio Papa ni el emperador tenían autoridad sobre ellos. Ni el pecado ni la incredulidad despojan a nadie de lo suyo.
De ahí dio el salto que lo convierte en fundador de una disciplina entera. Tomó el viejo ius gentium, el derecho común a los pueblos, y lo giró hasta convertirlo en un derecho entre las naciones, un orden que rige el trato de unos Estados con otros porque el mundo entero, sostuvo, forma de algún modo una sola república, una societas totius orbis. El bien común de ese orbe estaba por encima del interés de cada corona. Y las relaciones entre los pueblos ya no podían fundarse en la fuerza, sino en el derecho. De la misma cátedra salió la primera doctrina moderna de la guerra justa, con sus límites de causa, autoridad, intención y proporción, que todavía late en el corazón del derecho internacional que se invoca cada noche en los telediarios.
Y aquello no se quedó en el aula. Las ideas de Vitoria y de Bartolomé de las Casas llegaron a la corte, y en 1542 la Corona promulgó las Leyes Nuevas, que declaraban libres a los indios y los ponían bajo su protección. En 1550 la propia monarquía detuvo la conquista para debatir en Valladolid, con Las Casas frente a Juan Ginés de Sepúlveda, si aquellos hombres eran o no sus iguales. Ningún otro imperio de la historia se sentó jamás a hacerse esa pregunta. El hilo siguió con los discípulos, con Domingo de Soto y sobre todo con Francisco Suárez, que en 1613 sostuvo que el poder político no baja del cielo sobre la cabeza del rey, sino que reside en el pueblo, que solo lo cede por pacto. El rey de Inglaterra, Jacobo I, a quien iba dirigida la obra, mandó quemarla en Londres. La idea no ardió.
De aquí bebería, un siglo más tarde, el holandés Hugo Grocio, a quien los manuales suelen coronar como padre del derecho internacional, y de aquí arranca, con toda la cautela que exige el rigor, la línea que llega hasta la idea de comunidad internacional de nuestros días. Conviene decirlo con precisión, porque es lo que separa el elogio serio del panegírico. Salamanca no fue la cuna del derecho a secas, que eso lo fueron Roma y Bolonia siglos antes. Fue la cuna del derecho internacional moderno, y uno de los primeros lugares donde se pensó jurídicamente que el poder nace del pueblo y que la persona vale por el mero hecho de serlo. Aquellos frailes que discutían el destino de un mundo recién descubierto merecen, ellos solos, un artículo entero. Pero convenía que asomaran aquí, porque sin ellos esta universidad sería importante, y con ellos es imprescindible.
Los que pasaron sin graduarse. Un conquistador y un santo en las aulas
Entre los miles de estudiantes que llenaban aquella Salamanca del siglo de oro no todos venían a ser catedráticos, ni mucho menos, y algunos cruzaron sus aulas camino de destinos que nada tenían que ver con los libros. El caso más asombroso, y de los menos sabidos, es el de un muchacho extremeño de Medellín que llegó hacia 1499, con catorce años, enviado por su familia hidalga a estudiar gramática y leyes. Se alojaba en casa de un pariente, Francisco Núñez de Valera, que enseñaba latín, y debía convertirse, en los sueños de su padre, en jurista o funcionario del rey. Se llamaba Hernán Cortés. Aguantó dos años. Según su primer biógrafo, López de Gómara, aborrecía el estudio, era bullicioso y altivo, y buscaba, en sus propias palabras, cosas más altas, pues para ellas había nacido. Hacia 1501 abandonó la universidad y la ciudad, y veinte años después había derribado un imperio al otro lado del mundo.

Conviene, eso sí, la cautela del historiador, porque la figura del Cortés universitario está medio envuelta en leyenda. En los archivos de la Universidad de Salamanca no queda rastro de su matrícula, y algún investigador serio, como Esteban Mira Caballos, sostiene que aquellos dos años fueron más de estudios preparatorios de latín en casa de su tío que de un curso reglado de leyes. Lo indudable es que salió de Salamanca sabiendo el suficiente latín y el suficiente derecho como para que, años más tarde, testigos que lo trataron, entre ellos Bartolomé de las Casas, lo tuvieran por bachiller, y como para saber envolver su rebelión contra el gobernador de Cuba en impecables ficciones jurídicas que había aprendido, precisamente, en estas aulas. Y quedó de su paso, además, un lance perfectamente salmantino que su biógrafo cuenta con delectación. Una cita nocturna con una dama, una tapia que se desploma en el peor momento, un marido celoso que sale al ruido y unas cuchilladas que dieron con el futuro conquistador en cama. El estudiante díscolo, mujeriego y espadachín en estado puro. Hoy una placa y un busto lo recuerdan en la ciudad que no supo retenerlo.
Aún más extraordinario fue el paso, un cuarto de siglo más tarde, de otro hombre que tampoco venía a ser sabio. En el verano de 1527 llegó a Salamanca, desde Alcalá, un peregrino vasco de treinta y seis años, antiguo soldado, cojo de una pierna por un cañonazo, que vestía de manera estrafalaria y predicaba por las calles a quien quisiera oírlo. Se llamaba Íñigo de Loyola, y el mundo lo conocería como San Ignacio. Escogió confesor entre los dominicos del convento de San Esteban, y los dominicos, recelosos de aquel lego que hablaba de las cosas del alma sin haber estudiado teología, lo interrogaron y lo denunciaron. Ignacio acabó en la cárcel eclesiástica de la ciudad, encadenado por los pies a su compañero Calixto en un aposento viejo y maloliente, sin poder dormir por la multitud de bichos, mientras los examinadores revisaban el manuscrito de unos Ejercicios espirituales que todavía no eran célebres. Estuvo preso unas tres semanas. Cuando lo soltaron, harto de que en España no lo dejaran hablar sin título, resolvió marcharse a estudiar a París. De aquella decisión nacería, pocos años después, la Compañía de Jesús.
La ironía es deliciosa, y muy salmantina. La orden que Ignacio fundó tras salir humillado de la cárcel de Salamanca, los jesuitas, llegaría a dominar durante siglos las cátedras de esa misma universidad, y a disputárselas a cuchilladas doctrinales con los dominicos que lo habían encerrado. Pero más allá de la anécdota, Cortés e Ignacio dicen algo que suele olvidarse cuando se habla de Salamanca solo como cuna de teólogos y juristas. Por estas aulas no pasaron únicamente los hombres del pensamiento. Pasaron también los hombres de la acción, los que iban a conquistar reinos o a fundar imperios del espíritu, y muchos de ellos ni siquiera terminaron la carrera. Salamanca formó a quienes escribieron la historia de España tanto como a quienes la pensaron. Y a menudo fueron, como Cortés, los peores estudiantes.
La justicia del Estudio. Un fuero propio y una audiencia aparte
Y con tantos jóvenes díscolos, espadachines y pícaros sueltos por la ciudad, alguien tenía que impartir justicia sobre ellos. La respuesta a quién lo hacía es uno de los rasgos más fascinantes, y más olvidados, de la vieja Salamanca, porque explica su día a día mejor que casi ninguna otra cosa. El estudiante salmantino no respondía ante la justicia de la ciudad. Respondía ante la suya propia. La universidad era, desde sus orígenes medievales, un cuerpo con jurisdicción separada, un fuero académico que sustraía a sus miembros de los tribunales ordinarios y los sometía a los de la casa. Y a la cabeza de esa justicia no estaba el rector, aquel estudiante elegido que gobernaba lo demás, sino una figura vitalicia y temible, el maestrescuela de la catedral, delegado del poder pontificio y juez del Estudio en lo civil y en lo criminal. La otra cabeza de Salamanca. El hombre que podía meter a un escolar en la cárcel.
Para ejercer esa potestad, el maestrescuela disponía de un tribunal completo, la Audiencia Escolástica, con su juez, su fiscal, sus notarios y su alguacil, e incluso con cárcel propia, la cárcel escolástica, cuya organización, todo hay que decirlo, dejaba con frecuencia bastante que desear. El juez de la Audiencia era el brazo ejecutor del sistema. Interrogaba a los testigos en las causas criminales, visitaba las Escuelas para sofocar los alborotos y podía desterrar de la universidad al escolar que se empeñaba en reventar las lecciones. Por sus manos pasó la vida entera de la ciudad estudiantil, y de ello ha quedado un tesoro documental asombroso, los legajos de pleitos de la Audiencia, más de trescientos cincuenta solo a partir de 1547, un archivo de la picaresca real donde se amontonan deudas impagadas, rentas de pupilaje en litigio, cuchilladas, juegos prohibidos, amancebamientos y excesos de toda especie. La justicia del Estudio no era una abstracción solemne. Era un mostrador siempre concurrido.

Aquel fuero, sin embargo, era una fuente inagotable de conflicto, porque la ciudad tenía su propia justicia y llevaba muy mal que los escolares se le escaparan. Un estudiante que hería a un vecino en una reyerta invocaba su fuero y era juzgado por el maestrescuela, a menudo con una mano más blanda de la que habrían aplicado los alcaldes de la villa, y eso encendía a los salmantinos. La fricción venía de antiguo y funcionaba en los dos sentidos, porque ya en 1411 la Corona hubo de reservarse el castigo de las ofensas que los vecinos cometieran contra los universitarios, visto que las autoridades locales amparaban a los vecinos pendencieros y sus crímenes quedaban impunes. Dos siglos más tarde, en 1647, un memorial elevado al Consejo de Castilla describía el problema sin adornos, denunciando que algunos estudiantes vivían con libertad, preciándose de valientes, fomentaban bandos entre las naciones y armaban a la ciudad entera en encuentros que llegaban a costar muertos, sin que bastara el oficio del maestrescuela ni la autoridad de los maestros para contenerlos. La justicia, en Salamanca, era menos una autoridad indiscutida que un pulso permanente.
Y ese pulso no se libraba entre dos, sino entre muchos. Sobre una misma reyerta podían disputarse cuatro tribunales a la vez, el del maestrescuela, el del obispo, el del corregidor de la ciudad y hasta el de las órdenes militares o el de la cruzada, cada uno reclamando al reo como suyo, en un enredo de competencias que era, en sí mismo, toda una asignatura de derecho. Por encima de ellos planeaba además el más temido de todos, el Santo Oficio, cuya sombra alcanzó a la propia élite intelectual de la casa. El proceso más célebre de cuantos vivió Salamanca no lo instruyó la universidad, sino la Inquisición, y su víctima fue uno de sus mayores maestros, el poeta y catedrático Fray Luis de León, encerrado casi cinco años en las cárceles inquisitoriales de Valladolid por haber traducido al castellano el Cantar de los Cantares y osado discutir el texto oficial de la Biblia. Cuando por fin lo absolvieron y regresó a su cátedra, la leyenda quiere que reanudara la lección como si nada hubiera ocurrido, con aquel decíamos ayer que se ha hecho inmortal. En Salamanca, ser juzgado era casi un rito de paso. Y la pregunta que de verdad importaba no era si eras culpable, sino quién tenía derecho a juzgarte.
Hasta el reparto de las cátedras era, en el fondo, un asunto casi judicial. Las plazas se ganaban en oposiciones que durante siglos decidían con su voto los propios estudiantes, y aquello acabó degenerando en un mercado de sobornos, pucherazos y pactos entre las órdenes religiosas, con dominicos y jesuitas disputándose las cátedras de teología a golpe de intriga, hasta que la Corona tuvo que intervenir una y otra vez para poner orden. Porque esa fue, al cabo, la gran historia jurídica de Salamanca. La de una soberanía propia, casi un pequeño Estado dentro del Estado, que los reyes fueron recortando siglo tras siglo, primero los Austrias con sus estatutos y su tutela creciente, después los Borbones, que en la reforma de 1771 mermaron a conciencia la jurisdicción del maestrescuela. Aquel fuero académico, el privilegio de ocho siglos por el que un escolar solo respondía ante los suyos, sobrevivió agonizando hasta su supresión definitiva en 1832. Pero su edad de oro, como la de la ciudad entera, había alcanzado la cima mucho antes, y empezaba ya, sin saberlo, su largo declive.
Siglo XVII. El barroco, los colegiales y el declive
Aquel esplendor no podía durar, y no duró. El siglo XVII amanece todavía brillante y anochece ya en penumbra. Salamanca sigue siendo una gran ciudad universitaria, la Atenas castellana que estudió Rodríguez de la Flor, un teatro barroco de fiestas, procesiones, certámenes poéticos y disputas académicas de una solemnidad abrumadora. Pero por debajo del oropel se ha instalado la carcoma. La matrícula empieza a caer curso tras curso, y el poder dentro de la universidad se concentra en muy pocas manos, las de los colegiales mayores. Aquellos colegios fundados para pobres se han convertido en oligarquías cerradas que se reparten las cátedras jurídicas por turno, sin apenas oposición real, favoreciéndose entre sí en una endogamia sofocante. El estudiante manteísta con méritos pero sin padrinos, el que venía de una familia humilde de la propia provincia, se topaba con un muro de camarillas y acababa desmoralizado. La universidad, poco a poco, dejaba de premiar el talento para premiar la pertenencia.
La enseñanza se momificó. El método seguía siendo el medieval, la lección magistral leída palabra por palabra, la disputa dialéctica, el argumento de autoridad. Se estudiaba lo que se había estudiado siempre, el derecho romano y las decretales, la teología tomista, la medicina de Galeno, la física de Aristóteles, mientras al otro lado de los Pirineos Descartes, Galileo y Newton estaban rehaciendo el mundo. Salamanca, que había enseñado a pensar a Europa, empezaba a no enterarse de lo que Europa pensaba. Y sin embargo la vida seguía bullendo. Por estas aulas pasó de estudiante, con un pleito documentado incluido, un joven llamado Pedro Calderón de la Barca. La picaresca no había muerto, solo se había vuelto costumbre. Las novatadas continuaban, el juego, la taberna, la ronda, las pendencias.
Lo que sí se volvió una locura fue el gasto de los grados. Doctorarse en el Salamanca del XVII podía arruinar a una familia. El nuevo doctor venía obligado a costear no solo la corrida de toros y el vítor, sino banquetes pantagruélicos para el claustro entero, propinas, cera, música, festejos públicos. La pompa se comía patrimonios. Tanto se disparó el dispendio que la propia Corona tuvo que intervenir a mediados del siglo siguiente para poner freno. Se había llegado al absurdo de que el título más alto del saber europeo se hubiera convertido, sobre todo, en una exhibición de dinero. El doctorado ya no medía cuánto sabías. Medía cuánto podías gastar. La sabiduría se había vuelto un lujo, en el sentido más literal y menos noble del término.

No todo era decadencia, desde luego, y por aquellas aulas menguantes seguían pasando talentos. Además del joven Calderón, se formaron o enseñaron en la Salamanca del Seiscientos juristas, teólogos y poetas de fuste, y la universidad conservaba un peso enorme en el gobierno de la monarquía a través de sus colegiales, que copaban los grandes consejos del Estado. Pero la tendencia era inequívoca. Los seis o siete mil estudiantes del cénit se fueron quedando en unos pocos miles, y para las postrimerías del siglo apenas rondaban los dos mil. Cada colegial mayor colocado por padrinazgo era un manteísta con talento que se marchaba desengañado. La casa que había atraído a media Europa empezaba a expulsar, poco a poco y sin ruido, a sus propios mejores hijos.
Y sin embargo, qué siglo tan hermoso para mirarlo desde fuera. La Salamanca barroca era una fiesta casi continua de certámenes poéticos, justas literarias, arcos triunfales, autos sacramentales y procesiones fastuosas en las que la universidad entera desfilaba con sus borlas y sus mucetas de colores, cada facultad con el suyo, el azul de Teología, el rojo de Leyes, el amarillo de Medicina, el verde de Cánones, el celeste de Letras. El estudiante del XVII vivía inmerso en ese teatro permanente del poder y la devoción, mitad espectador, mitad figurante. Componía versos para los certámenes, se disfrazaba en las mojigangas de carnaval, jaleaba los vítores de los nuevos doctores. Era una cultura de la apariencia deslumbrante levantada sobre una decadencia muy real, y en eso, también, Salamanca era muy España. Nunca se celebró tanto por fuera mientras por dentro se apagaban tantas cosas.
Siglo XVIII. El pícaro contra Newton
La penumbra del XVII se espesó en el XVIII hasta volverse casi noche, y no hay mejor guía para recorrer esa noche que el hombre que la encarna entera. Si hay alguien que resume la vida estudiantil del Salamanca dieciochesco, con toda su gracia y toda su decadencia, ese es Diego de Torres Villarroel, y por suerte lo contó él mismo en un libro imprescindible, su Vida, una autobiografía que exagera cuanto toca y que hay que leer con esa prevención, pero que es el retrato más vivo que tenemos de un estudiante de la época. Nacido en Salamanca en 1694, hijo de un librero de pocos posibles, ganó a los catorce años una beca para el Colegio Trilingüe, donde se enseñaba latín, griego y hebreo. Y allí, según confiesa entre risas, faltaba a clase, se metía en peleas y hurtaba viandas de la despensa del colegio. El estudiante díscolo de siempre, ni más ni menos, pero con una pluma genial para contarlo.
Su vida es una novela picaresca de carne y hueso. Harto del estudio reglado, huyó a Portugal y por esos mundos fue, o dijo que fue, ermitaño, bailarín, soldado, torero, curandero, astrólogo. Volvió a Salamanca y en 1726 se presentó a la cátedra de Matemáticas, que llevaba treinta años vacante por pura desidia, y la ganó entre el jolgorio de una muchedumbre, confesando en su Vida que sus conocimientos matemáticos eran mínimos. Se hizo rico y famoso vendiendo almanaques de pronósticos bajo el seudónimo del Gran Piscator de Salamanca. Y aquí está lo más revelador de todo, lo que retrata el siglo entero. Torres Villarroel, el catedrático de Matemáticas de la universidad más antigua de España, escribió de Isaac Newton que una novedad tan espantosa y grande pasaría con miserable crédito muchos siglos. El hombre encargado de enseñar la ciencia despreciaba la ciencia. El pícaro había llegado a la cátedra, pero la cátedra ya no tenía nada que enseñarle al mundo.
Aquella Salamanca era un avispero de rencillas. Las órdenes religiosas, jesuitas contra dominicos, se disputaban a cuchillo el control de las cátedras en la pugna que llamaban la alternativa, y el propio Torres fue a la cárcel en 1717 por meterse en ese fregado. Las calles seguían siendo peligrosas. En un solo día de 1713, según los papeles del tribunal universitario, un caballero perseguía con un puñal a un fraile, otro trataba de apuñalar a un tercero y un cuarto acorralaba pistola en mano a su enemigo hasta la puerta de una iglesia. La matrícula había caído a unos dos mil estudiantes hacia 1699, un tercio de lo que fue. Y el saber se pudría en la escolástica de siempre mientras la Ilustración golpeaba la puerta.

El golpe llegó de arriba. Carlos III, tras expulsar a los jesuitas en 1767, impuso a la universidad un plan de estudios nuevo por real provisión de 1771. Se introdujeron el derecho patrio, el álgebra, la geometría, la física experimental. Se reforzó al rector, cuyo mandato pasó a dos años y se reservó a graduados mayores, con lo que se acabó para siempre una tradición de cinco siglos. El rector dejó de ser un estudiante. Se cree que el último escolar que ocupó el cargo fue José Luis Munárriz, hacia 1771. Aquel muchacho anónimo cerró, sin saberlo, la puerta del gobierno estudiantil que Alfonso X había abierto. La reforma, con todo, se quedó a medias, porque la vieja escolástica se resistía a morir y los intereses de las camarillas seguían intactos. Salamanca se dejaba reformar por fuera sin cambiar por dentro. Los colegios fueron intervenidos y sus bibliotecas, empaquetadas y llevadas a Madrid en 1780. La ciudad del saber empezaba a vaciarse.
La vida cotidiana, mientras tanto, seguía su curso pobre y terco. Se comía lo de siempre, el cocido de garbanzos, el pan, el vino peleón, y en los días señalados el hornazo. Se leían con devoción los almanaques de Torres, el Gran Piscator, que mezclaban ciencia de saldo, astrología y sátira, y que fueron durante décadas el mayor éxito editorial de España, la prueba melancólica de que a la gente le interesaba más adivinar el futuro que entender el presente. La universidad seguía ordenando la existencia de sus escolares hasta en la ropa, con un traje talar negro que los distinguía por la calle y los obligaba a cierta compostura, y su tribunal seguía juzgando sus pendencias con jurisdicción propia. Pero el brillo se apagaba curso tras curso, y la Salamanca de las luces fue, sobre todo, una Salamanca de las sombras empeñada tercamente en no encender ninguna luz nueva. Estudiar allí seguía siendo, para muchos, la única forma de escapar de la aldea. Ya no era, como antaño, la forma de gobernar un imperio.
Siglo XIX. La casi muerte
Y si el XVIII fue casi noche, el XIX estuvo a punto de ser la muerte. Empezó, además, con una catástrofe. Durante la Guerra de la Independencia, entre 1808 y 1813, las tropas francesas convirtieron el barrio de los colegios, al suroeste de la ciudad, en una zona fortificada, y para levantar sus defensas hicieron lo más bárbaro imaginable. Derribaron los edificios y usaron su piedra como cantera. Cuando en 1812 el ejército de Wellington asaltó aquellas fortificaciones en lo que los ingleses llaman la Batalla de Salamanca, la voladura del polvorín del convento de San Vicente remató la obra. Más de veinte colegios y conventos, el corazón monumental de la vieja universidad colegial, quedaron reducidos a escombros. Lo que sobrevivió de sus bibliotecas fue expoliado y se recuperó, entre otros sitios, del equipaje del rey José tras la batalla de Vitoria, para acabar en parte regalado a Wellington. La ciudad que había programado un imperio fue desmontada, piedra a piedra, para hacer trincheras.
Y luego vino, casi peor, el olvido administrativo. La universidad se quedó sin estudiantes. En 1822 apenas se matricularon 412, una sombra de los casi siete mil del siglo de oro. Las leyes liberales que unificaron y centralizaron la enseñanza española, el Plan Pidal de 1845 y sobre todo la Ley Moyano de 1857, remataron la degradación. Salamanca perdió la facultad de conceder el grado de doctor, que se reservó en exclusiva a la Universidad Central de Madrid. Perdió sus facultades eclesiásticas. Quedó reducida a un par de facultades, Derecho y Filosofía y Letras, mantenidas a duras penas, y Medicina y Ciencias hubo de financiarlas la Diputación como enseñanzas libres para que no desaparecieran. El rector dejó de ser una autoridad propia y pasó a ser un delegado del gobierno de Madrid. Con la reforma de 1857 se extinguió también la vieja costumbre del vítor. Ya no había doctores que celebrar. La ciudad de la piedra dorada se convirtió en una universidad de provincias más, gris y menguante.

Solo la literatura mantuvo encendido el mito del estudiante salmantino, y lo hizo en su versión más incandescente. En 1840 José de Espronceda publicó El estudiante de Salamanca y regaló a la lengua española uno de sus arquetipos eternos, don Félix de Montemar, el escolar libertino, jugador, espadachín y seductor, un don Juan romántico que desafía a Dios y a los muertos por las calles nocturnas de la ciudad. Era pura leyenda, claro, y pertenecía ya a un pasado que se derrumbaba. Pero fijó para siempre en el imaginario la figura del estudiante de Salamanca como algo más que un chico que estudia. Como un personaje. Cuando la universidad de verdad agonizaba, su fantasma literario nunca había estado tan vivo.
A la ruina de la guerra se sumó la de la desamortización, que en las décadas siguientes vació y malvendió los conventos e instituciones eclesiásticas de los que la universidad y sus estudiantes habían dependido durante siglos para el alojamiento, la sopa boba y la beca. La ciudad se quedó en silencio. Aquella Salamanca decimonónica era una capital de provincias soñolienta, con una universidad diminuta que apenas otorgaba unos pocos títulos de Derecho y de Letras, las aulas medio vacías y los grandes edificios convertidos en ruinas románticas por las que paseaban, precisamente, viajeros románticos ingleses y franceses en busca de la melancolía de la grandeza caída. El estudiante de Salamanca era ya, más que una realidad bulliciosa, una estampa literaria y un recuerdo. La piedra dorada seguía encendiéndose al atardecer, por costumbre, sobre una ciudad que había empezado a olvidar para qué había servido.
Siglo XX. La resurrección y las mujeres
De aquella agonía se salió por muy poco, y quien empezó a sacar a Salamanca de la tumba fue, cómo no, un nombre inmenso. El siglo XX abre con una cifra humilde y ese nombre. En 1900 la Universidad de Salamanca tenía 819 alumnos repartidos en cuatro facultades, y ese mismo año llegaba al rectorado un vasco terco y genial, Miguel de Unamuno, catedrático de griego, que iba a devolverle a la vieja casa una voz y una influencia que no tenía desde hacía siglos. Los estudiantes de aquel comienzo de siglo ya no eran clérigos pobres ni pícaros hambrientos, sino hijos de la clase media acomodada de Salamanca y las provincias vecinas, un cambio social profundo respecto a toda la historia anterior. Y sobre todo empezaba a ocurrir algo inédito en setecientos años. Empezaban a llegar mujeres.
El muro que había excluido a las mujeres desde 1218 se agrietó primero y cayó después. Un puñado de pioneras abrió el camino a finales del XIX, matriculándose con permisos especiales y no pocas humillaciones, hasta que a partir de 1910 el acceso femenino se generalizó por fin. Costó siglos. Pero aquellas primeras universitarias, que se sentaban en aulas pensadas durante setecientos años solo para varones tonsurados, protagonizaron la mayor revolución silenciosa de toda esta historia. La otra mitad de la humanidad entraba, al fin, en el Estudio.
Fue también el siglo en que se inventó buena parte de lo que hoy tenemos por tradición inmemorial. La tuna, heredera lejana de aquellos sopistas de la cuchara al pecho, se organizó como tal a finales del XIX, con su primer viaje documentado a Coimbra en 1889, y vivió su gran momento social en los años veinte, llenando teatros y casinos. La picaresca se había vuelto folclore, la cuchara, un adorno, y el hambre, un recuerdo con guitarra. Y el siglo trajo, cómo no, su tragedia. El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la universidad, un Unamuno anciano y ya cesado por la historia se enfrentó a la barbarie de la Guerra Civil con unas palabras sobre la razón y el derecho frente a la fuerza bruta. Diez días después estaba destituido. Murió aquel mismo año. El rector por antonomasia de Salamanca cerró su vida, y con ella una época, defendiendo la inteligencia en el mismo edificio donde Vitoria la había fundado.

Después de la guerra vinieron el rigor y el resurgir. El franquismo ató en corto a la universidad con la Ley de Ordenación de 1943 y encuadró a los estudiantes en un sindicato único y obligatorio. Pero también, por conveniencia propagandística, quiso presumir de Salamanca. Con motivo del séptimo centenario, en 1953 y 1954, la ciudad recuperó buena parte de su patrimonio y su prestigio, y le fue devuelta la potestad de otorgar doctorados que había perdido un siglo antes. A partir de los años sesenta, las aulas se llenaron como no lo hacían desde el siglo de oro, ahora con muchachas y con estudiantes iberoamericanos que venían a estudiar Medicina, y con ellos regresaron también las protestas, la política, la vida agitada de una juventud que empujaba contra la dictadura. Con la autonomía universitaria de 1983 y la gran inversión de aquella década, la matrícula superó los veinte mil alumnos a mediados de los ochenta y los treinta mil a mediados de los noventa. Salamanca volvía a ser, después de dos siglos de sombra, una ciudad tomada por la juventud.
El estudiante de aquella segunda mitad del siglo XX es ya, en muchos de sus rasgos, reconocible para nosotros. Vivía en los colegios mayores modernos que se multiplicaron por la ciudad, o en pisos compartidos que reeditaban, sin saberlo, los viejos pupilajes del siglo de oro, con menos hambre y más libros. Iba a clase, es cierto, pero también al cine, al fútbol, a los guateques, a las asambleas clandestinas donde se conspiraba contra la dictadura, a los viajes de la tuna, a los bares de una ciudad que parecía entera dedicada a su juventud perpetua. Las carreras se habían multiplicado y modernizado, la ciencia había vuelto por fin a las aulas de las que Torres la había expulsado, y las mujeres, que tanto habían tardado en entrar, empezaban a ser mayoría en algunas facultades. Salamanca volvía a ser lo que había sido en el siglo XVI, una ciudad que existía para sus estudiantes y gracias a ellos, una economía y una atmósfera enteras organizadas alrededor de miles de muchachos de paso. La rueda había dado la vuelta completa.
Y de aquellas mismas aulas del franquismo salió, sin ir más lejos, el hombre que desmontaría el franquismo. Adolfo Suárez, arquitecto de la Transición y primer presidente de la democracia, se licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca en 1953, y lo hizo, para completar el arquetipo, estudiando por libre, sin pisar demasiado las aulas y sin destacar como alumno, más aficionado a las cartas, al deporte y a la vida social que a los códigos. Como Hernán Cortés cuatro siglos y medio antes, no fue precisamente un estudiante modelo. Y como Cortés, salió de Salamanca con lo justo para cambiar la historia de su país. La vieja casa tiene esa costumbre desconcertante. A veces sus hijos más decisivos no son los que se saben la lección, sino los que aprenden aquí, casi de refilón, algo que no viene en los libros.
Y llegaron, por fin y de verdad, los de fuera. Los estudiantes iberoamericanos, que venían a millares a estudiar Medicina y a doctorarse en la vieja alma máter de sus propias universidades, devolvieron a Salamanca su antigua vocación de encrucijada de todo un mundo hispánico. Tras ellos vinieron los europeos del programa Erasmus y los muchachos de medio planeta que descubrieron que el mejor sitio para aprender español era la ciudad donde Nebrija lo había convertido en lengua con reglas. La universidad que en la Edad Media apenas veía un extranjero al año se transformó en una Babel juvenil y alegre. El vado del Tormes, que fue durante siglos un cruce de caminos castellanos, volvía a ser lo que había sido siempre en su mejor versión, un lugar del mundo entero al que se venía a cruzar de una vida a otra.
Siglo XXI. Los mismos ojos ante el mismo muro
Y así, después de ochocientos años, llegamos a hoy. Hoy pasan por la Universidad de Salamanca unos treinta mil estudiantes de medio centenar de nacionalidades. Han vuelto los extranjeros que en la Edad Media eran una rareza, solo que ahora vienen a millares, muchos atraídos por una industria que la ciudad ha convertido en emblema, la enseñanza del español al mundo entero. El erasmus italiano y el estudiante chino de español ocupan hoy el sitio del clérigo gallego del siglo XIII y del pícaro del siglo XVI. Y han inventado sus propias fiestas, como la Nochevieja Universitaria, esa celebración reciente en que, a mediados de diciembre y antes de marcharse a casa por Navidad, miles de estudiantes toman la Plaza Mayor para despedir el año con gominolas en lugar de uvas. Cambian los ritos. No cambia el impulso. La misma necesidad de juntarse, de celebrar, de pertenecer a algo, que empujaba a las naciones medievales a socorrerse entre paisanos.
Y siguen, cada Lunes de Aguas, saliendo al campo a comerse el hornazo a la orilla del Tormes, sin saber la mayoría que están repitiendo, con un botellón por medio, el gesto de unos escolares del siglo XVI que iban a recibir en barca a las mujeres desterradas. Y siguen buscando la rana en la fachada, con el cuello torcido, exactamente igual que hace quinientos años.
Ese es el asombro final de esta historia. Que por debajo de los siglos, de las pestes y las guerras, de la decadencia y las resurrecciones, de los clérigos y las erasmus, hay un gesto que no ha cambiado nunca. Un muchacho joven, lejos de su casa, mirando hacia arriba una pared de piedra dorada en mitad de la meseta, convencido de que allí, si sabe buscarlo, está escondido el secreto que le va a cambiar la vida. Tuvo razón Gaspar Ramos Ortiz al molestarse en escribir su diario en 1568. Merecía la pena contarlo. Decíamos ayer, y seguimos diciendo.



