La palabra OTAN atraviesa el aire como un cuchillo de doble filo. No es un simple acrónimo técnico, ni un término reservado a los pasillos del Ministerio de Defensa: es un conjuro que divide. Al pronunciarlo se abren heridas antiguas, se reavivan memorias del referéndum de 1986, cuando Felipe González prometió tres límites que sonaban a salvoconducto: no integración en la estructura militar, no instalación de armas nucleares en suelo español, reducción progresiva de las bases extranjeras. Promesas que, como juramentos adolescentes, se evaporaron con el tiempo. Hoy España participa en misiones internacionales, alberga bases estadounidenses en Rota y Morón, y se ha comprometido a alcanzar el 2% del PIB en gasto de Defensa para 2025. La realidad ha devorado cualquier vestigio de autonomía.
España, del imperio al lacayo
Hubo un tiempo en que España dictaba el rumbo de los océanos. Desde el Monasterio de El Escorial, piedra solemne erigida como metáfora de eternidad, Felipe II gobernaba un mundo enlazado por rutas marítimas que partían de Sevilla hacia todos los horizontes. No fue el oro lo que sostuvo aquella empresa, como repiten los ecos de la leyenda negra, sino la trasplantación de instituciones, de ciudades fundadas piedra a piedra, de universidades y cabildos, de hospitales y templos que aún hoy laten en el corazón de Hispanoamérica. Aquella España no solo conquistó territorios: erigió un universo jurídico y cultural que todavía habita en la lengua, en el derecho y en la memoria compartida de millones de personas. Hoy, esa memoria imperial se reduce a manual escolar, y nuestras Fuerzas Armadas parecen figurantes en un teatro que otros dirigen.
Francia, con su arsenal nuclear, guarda todavía una lámpara de soberanía: no es tanto el arma en sí como el aura, un resplandor de independencia que la envuelve como un relicario del siglo XX. Reino Unido, con sus submarinos estratégicos, navega aún bajo la ilusión de su viejo imperio y dominio marítimo. España, en cambio, mendiga presupuestos para helicópteros de rescate e improvisa brigadas con material obsoleto. Somos, en palabras crueles pero ciertas, un país de segunda división en la liga atlántica, un invitado tolerado en la mesa de los mayores siempre que no moleste demasiado.
El contrato faústico: del Tratado de Washington a la Constitución
El Tratado de Washington de 1949, que funda la OTAN, es un pacto que suena solemne pero actúa como un contrato faústico. Su artículo 5 proclama: “Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o varias de ellas será considerado como un ataque contra todas”. La frase parece caballeresca, pero bajo ella se esconde la asimetría: ¿qué significa “todas” cuando el único garante real se llama Estados Unidos?
España ingresó en 1982 y, con ello, convirtió esta obligación en norma interna. Nuestra Constitución, en su artículo 96, establece que los tratados internacionales válidamente ratificados forman parte de nuestro ordenamiento jurídico. Y el artículo 97 otorga al Gobierno la dirección de la política de defensa, pero supedita la financiación al control de las Cortes Generales. En otras palabras: lo que se firma en Washington se paga en Madrid, incluso aunque el Parlamento murmure su disconformidad.
Europa: potencia económica, colonia militar
El debate sobre la OTAN no es solo español: es europeo. Alemania, pese a ser la locomotora industrial del continente, ha planteado recuperar el servicio militar obligatorio porque su ejército es incapaz de sostenerse sin ayuda estadounidense. Dinamarca, miembro fundador, protestó contra operaciones encubiertas de EE. UU. en Groenlandia, pero su protesta no pasó de gesto. Francia y Reino Unido, con sus arsenales nucleares, conservan la ficción de autonomía, pero saben que sin el paraguas de Washington serían fuegos artificiales.
Europa es, en definitiva, un cuerpo decrépito con huesos de cristal y carece de columna vertebral militar. Se proclama potencia global mientras reza en secreto para que la Casa Blanca no le retire el escudo protector.
La guerra invisible: tecnología y China
Las guerras del siglo XXI no se libran solo con tanques. El campo de batalla es digital, invisible, líquido. China desarrolla misiles hipersónicos que podrían neutralizar en segundos el escudo atlántico. Sus hackers atraviesan redes eléctricas, aeropuertos y hospitales como cuchillos que no hacen ruido.
El dilema jurídico es evidente: ¿puede un Estado miembro de la OTAN firmar contratos estratégicos de telecomunicaciones con empresas acusadas de espionaje? El derecho europeo lo permite en casos de seguridad nacional, pero la política española ha preferido la ambigüedad. Tanto Zapatero como Sánchez han mantenido relaciones fluidas con Huawei, generando sospechas de que España juega a dos bandos en una guerra que no admite neutralidades.
Trump y el artículo 5 reducido a eslogan
Si hay un personaje que desnuda la fragilidad de la Alianza es Donald Trump. En 2018 amenazó con retirar a EE. UU. de la OTAN si Europa no aumentaba su gasto militar. Y en 2024 proclamó que Washington “no gasta dinero, gana dinero” vendiendo armas a Ucrania y a sus aliados.
Con esa frase, el artículo 5 se convirtió en un eslogan mercantil. La defensa colectiva reducida a contrato de compraventa. La fraternidad atlántica degradada a negocio. Si mañana EE. UU. se repliega, Europa descubrirá su desnudez: el artículo 42 del Tratado de la Unión Europea, que prevé una defensa común, es un verso sin música, una cláusula muerta en los archivos de Bruselas.
España: obediencia entre ruinas
En España, el debate se convierte en tragicomedia. El Gobierno repite que gastar en Defensa es invertir en paz, mientras la oposición recuerda que seguimos apagando incendios con aviones de los años setenta. El ciudadano, atrapado entre facturas imposibles, observa incrédulo cómo se multiplican los presupuestos militares mientras la sanidad se resquebraja y la vivienda se vuelve inaccesible.
Nuestro país encarna el destino europeo en su versión más cruel. Fuimos imperio y hoy somos vigía de bases extranjeras. No tenemos bomba atómica, ni músculo propio, ni voluntad política. Apenas una bandera que ondea obediente en procesiones militares organizadas por otros. Somos el heredero arruinado de una estirpe gloriosa, reducido a lacayo agradecido. Europa, dividida entre nostalgia e impotencia, se mira en el espejo español y descubre su propio futuro: ser colonia armada de un imperio ajeno.
La OTAN es hoy mucho más que un tratado militar. Es el espejo deformado de nuestro tiempo. Representa la pugna entre seguridad y soberanía, entre gasto militar y necesidades sociales, entre la ilusión de autonomía y la realidad de dependencia.
España, que antaño dictó leyes a medio mundo, se limita ahora a obedecer órdenes dictadas en inglés. Somos el lacayo que alguna vez fue rey. Y en esa paradoja se resume nuestra tragedia: aceptar que la sombra de nuestro pasado imperial no basta para sostener el presente. Pero el desenlace no puede ser únicamente elegíaco. España debe decidir si seguirá siendo vigía de bases ajenas o si volverá a concebir un proyecto de autonomía militar y soberanía estratégica. La historia enseña que los pueblos que renuncian a su defensa propia terminan por renunciar también a su voz. Y un país que calla en lo militar acaba callando en lo político, lo cultural, lo social.